Cuando regresé del bar de mala muerte al que me metía automáticamente todos los viernes al dar las 4:05 de la tarde, la encontré en el umbral de mi crisis. Todo me parecía contradictorio. Si mi predisposición a cogerme al mundo me indicaba que simplemente me la cogiera, ¿por qué dudé? La conciencia nunca ha jugado un rol importante en mis decisiones impulsivas. Mi cuerpo, en su balance y armonía natural me da señales... ciertos impulsos.
Lo que la mayoría de la gente consideraría acciones impulsivas, acciones sin pensar, yo las considero acciones instintivas. Y es justo darle la razón a tu instinto. No quiero minimizar la importancia que tiene el cerebro, el pensamiento lógico. Pero existen más cosas. El problema es que el hombre insiste en sintetizar: entre menos, mejor. Si entiendo algo, ahí me quedo. Las zonas de confort, que les llaman.
En fin, el chiste es que no me la cogí. No seguí mi instinto, y sí seguí ciertos... lineamientos... ¿morales? Siempre me he quejado de la moral. Me parece una gran mentada de madre a las mentes y percepciones modernas, tener que sentirnos atados a mandamientos de sociedades del pasado. Sociedades que poco o nada tienen que ver conmigo. Pero no importa mi postura intelectual ante ella. Me atacó. Duro.
Le pedí -con esa vaga idea que tengo de lo que es ser un caballero- que se retirara. No tenía interés en tirármela. Había algo muy sucio en la idea de tener sexo con una... muerta... no-- no me juzguen. No es algo literal, a lo que me refiero es que se sentiría muerto, vacío. No sé. Creo que no tiene que ver ni mi cuerpo ni mi mente, ni nada metafísico en mi decisión y cambio. Es una tercera persona.
Se llama Cathy.
Me sacó de mi zona de confort.
lunes, 8 de febrero de 2010
lunes, 18 de enero de 2010
Regresiones
¿Te acuerdas de aquel anciano de mirada nublada? Aquel viejo que tartamudeaba cada que te nombraba. Aquel señorón cuya piel arrugada te enseñaba, centímetro a centímetro, una historia llena de luchas, alegrías, frustraciones, amores, bosques, mares y frutos. Aquel viejo que alguna vez fue joven y al que tomaste de la mano para apoyarte y no caer. Ese hombre que al menos en alguna ocasión consideraste tu héroe. Al que a veces no veías durante el día, y simplemente te resignabas a soñarlo durante la noche.
Esa persona amable y tierna, a la que ignoraste la mayor parte de tu vida. A la que negaste. ¿Te acuerdas cuando ibas a secundaria, o prepa? ¿Te acuerdas cómo te sonrojabas de pena... PENA... porque tus amigos te vieran al lado de aquel gran hombre? Ahora sólo te queda recordarlo, y lo lloras, platicas de él, quisieras tomarlo de la mano y que todos te vieran a su lado.
Pero esas joyas son perecederas. Las cosas que importan, que valoramos y a las que más nos aferramos están destinadas a dejar de existir físicamente. Y tú eres un excelente ejemplo de esta eterna ironía. El humano como eterno adolescente, que no sabe lo que quiere, y nunca aprende a valorar. Qué historia tan triste la del padre que siempre está ahí para sus críos, incluso cuando esos críos no quieren saber nada del padre. Es un camino "natural" muy injusto y muy duro. Porque son las personas a las que sólo les quedan sus canas, sus arrugas y su laberinto de memorias aleatorias y fantásticas, las que al final se quedan solas.
Y veo a los viejos. Aquellos hombres tras cuya mirada nublada, se esconden gritos desgarradores que claman por compañía... por la no-anulación. No quiero ni imaginarme los recuerdos, reproches, lamentos y llantos, que se guardan en su lecho de muerte, cuando están rodeados de rostros y siluetas que ahora batallan en descifrar. Han de llorar en silencio. Llorar tras un semblante de paz.
Y tú, como parte de esas caras indescifrables e irreconocibles, sólo observas con incredulidad como algo que parecía eterno, se agota pausadamente, al ritmo del temblor errático de sus manos. Y es en esa ironía final cuando, si prestas atención, podrías escuchar un susurro espectral, lleno de calma, que te dice: "me has tenido durante años... ya no te tortures... tómame la mano y estaremos en paz."
______________________________
A mi padre,
""""""
Dijo Leonard Cohen que
"la poesía es la evidencia de la vida; si tu vida arde bien, la poesía son las cenizas"
Nunca te he negado, nunca me has apenado, siempre te he admirado.
Pero no puedo dejar de sentir que te debo tanto.
Ojalá que no existan momentos finales cargados de culpas o reproches.
Te amo, te respeto, y agradezco todo lo que has sacrificado por tus hijos,
las cenizas de tu vida, los poemas de un idealista y soñador.
Esa persona amable y tierna, a la que ignoraste la mayor parte de tu vida. A la que negaste. ¿Te acuerdas cuando ibas a secundaria, o prepa? ¿Te acuerdas cómo te sonrojabas de pena... PENA... porque tus amigos te vieran al lado de aquel gran hombre? Ahora sólo te queda recordarlo, y lo lloras, platicas de él, quisieras tomarlo de la mano y que todos te vieran a su lado.
Pero esas joyas son perecederas. Las cosas que importan, que valoramos y a las que más nos aferramos están destinadas a dejar de existir físicamente. Y tú eres un excelente ejemplo de esta eterna ironía. El humano como eterno adolescente, que no sabe lo que quiere, y nunca aprende a valorar. Qué historia tan triste la del padre que siempre está ahí para sus críos, incluso cuando esos críos no quieren saber nada del padre. Es un camino "natural" muy injusto y muy duro. Porque son las personas a las que sólo les quedan sus canas, sus arrugas y su laberinto de memorias aleatorias y fantásticas, las que al final se quedan solas.
Y veo a los viejos. Aquellos hombres tras cuya mirada nublada, se esconden gritos desgarradores que claman por compañía... por la no-anulación. No quiero ni imaginarme los recuerdos, reproches, lamentos y llantos, que se guardan en su lecho de muerte, cuando están rodeados de rostros y siluetas que ahora batallan en descifrar. Han de llorar en silencio. Llorar tras un semblante de paz.
Y tú, como parte de esas caras indescifrables e irreconocibles, sólo observas con incredulidad como algo que parecía eterno, se agota pausadamente, al ritmo del temblor errático de sus manos. Y es en esa ironía final cuando, si prestas atención, podrías escuchar un susurro espectral, lleno de calma, que te dice: "me has tenido durante años... ya no te tortures... tómame la mano y estaremos en paz."
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A mi padre,
""""""
Dijo Leonard Cohen que
"la poesía es la evidencia de la vida; si tu vida arde bien, la poesía son las cenizas"
Nunca te he negado, nunca me has apenado, siempre te he admirado.
Pero no puedo dejar de sentir que te debo tanto.
Ojalá que no existan momentos finales cargados de culpas o reproches.
Te amo, te respeto, y agradezco todo lo que has sacrificado por tus hijos,
las cenizas de tu vida, los poemas de un idealista y soñador.
domingo, 17 de enero de 2010
Ocho
¿Crees en conexiones inexplicables, casi mágicas, con algo o alguien?
No sé si sea una obsesión mía por querer encontrar prueba de elementos trascendentales en un mundo dónde lo espiritual y la magia se tachan de estupideces. Pero el ocho me ha seguido... estoy seguro, y/o soy necio al respecto.
Salvador, mi nombre, tiene ocho letras.
Martínez, mi segundo apellido, tiene ocho letras.
Cuando vivía en San Nicolás, mi casa tenía el número 208.
Mi actual casa tiene el número 208.
El departamento en el que vivo tiene el número 1808, en un edificio con el número 588.
Mi primer guión de largometraje está en las ochenta y tantas páginas en su primer draft.
Mi matrícula en el ITESM era 595888.
Mi novia desde hace casi ocho años y ahora prometida, se llama Gabriela: ocho letras.
El primer teléfono del que tengo memoria era el 76-88-83
Mi ídolo musical se llama Bob Dylan: ocho letras.
Mi ídolo cinematográfico se apellida Scorsese: ocho letras.
Son muchas las cosas que me conectan a este número. ¿Por qué? no sé, ni me interesa saberlo. Es parte de darle a la vida el crédito de su capacidad de sorpresa. Estoy seguro que si me pongo a hacer un examen más profundo de mi vida y lo que me rodea, encontraría muchas cosas más.
Bendito ocho, hasta ahora ha sido un gran viaje. Sigamos de la mano.
No sé si sea una obsesión mía por querer encontrar prueba de elementos trascendentales en un mundo dónde lo espiritual y la magia se tachan de estupideces. Pero el ocho me ha seguido... estoy seguro, y/o soy necio al respecto.
Salvador, mi nombre, tiene ocho letras.
Martínez, mi segundo apellido, tiene ocho letras.
Cuando vivía en San Nicolás, mi casa tenía el número 208.
Mi actual casa tiene el número 208.
El departamento en el que vivo tiene el número 1808, en un edificio con el número 588.
Mi primer guión de largometraje está en las ochenta y tantas páginas en su primer draft.
Mi matrícula en el ITESM era 595888.
Mi novia desde hace casi ocho años y ahora prometida, se llama Gabriela: ocho letras.
El primer teléfono del que tengo memoria era el 76-88-83
Mi ídolo musical se llama Bob Dylan: ocho letras.
Mi ídolo cinematográfico se apellida Scorsese: ocho letras.
Son muchas las cosas que me conectan a este número. ¿Por qué? no sé, ni me interesa saberlo. Es parte de darle a la vida el crédito de su capacidad de sorpresa. Estoy seguro que si me pongo a hacer un examen más profundo de mi vida y lo que me rodea, encontraría muchas cosas más.
Bendito ocho, hasta ahora ha sido un gran viaje. Sigamos de la mano.
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